Prefacio

Ahora que la noche de mi existencia va ganando sombras para mis ojos y se ocupa en marcar su rastro plateado en mis cabellos; ahora que, detenido por la rigidez, toda mi aventura se limita a despedir a los que parten y verlos con nostalgia perderse entre las curvas del sendero que se enrosca en la montaña; ahora y antes de que la decrepitud envicie los acontecimientos y malogre los recuerdos; antes de que sea demasiado tarde, voy a revelar los sucesos extraordinarios de mi vida temprana, hechos que mi perpleja mocedad prometió anotar en el auge del entusiasmo, mas no lo haré por sentirme en deuda con un impulso alegre de juventud. Lo voy a hacer porque aquel muchacho que yo era se vio envuelto en los hilos de los designios que urden el destino común que nos atañe a todos. Éstos, al haberme enlazado con asuntos de interés general, desprivatizaron la anécdota de mis andanzas hasta terminar convirtiendo lo que fue mero antojo testimonizador,  en insoslayable deber.  Parte de esta exigencia me conmina a hablar sobre el reverendo Ogli-s-Oöp, mi generoso maestro.

Nuestra relación prosperó desde la primera vez que nos vimos. Me saludó sin etiquetas, o debo decir, con la desembarazada ceremonia con que los muchachos celebran sus encuentros. Sus grandes y brillantes ojos negros me miraron como a un descubrimiento. Ya había oído de él pero nunca me lo imaginé tan semejante a mi padre. También él tenía el rostro arrugado con pliegues que parecían haber sido amontonados como los anillos anuales de los viejos árboles. Su entrecejo sufría una fatiga resignada pero sus ojos resplandecían con un avivamento jovial;  Tenía el aire enérgico pero sin prisas. El pesado cuerpo de mi maestro se sostenía sobre gruesas piernas y lo que éstas no podían lo recargaba en su bastón tan típico de las tierras altas donde los tortuosos senderos se encaraman sobre las rocas. Su figura era desgarbada, pronunciada hacia adelante, casi horizontal, como en perpetua reverencia cósmica. Cuando el Rvdo. Ogli-s-Oöp se desplazaba, producía la impresión de que iba balanceándose en colaboración con algún ritmo universal que también mecía las hojas y palpitaba en las piedras y que jamás volví a notar en el transito de ninguna otra persona.

Ogli-s-Oöp era diferente, era algo más. Por lo regular, era dueño de una sencillez que desarmaba, de una modestia exasperante. Nunca lo vi desairar a nadie desatendiendo una inquietud o encontrándole inconvenientes a un alimento cedido con generosidad, por más extraño que haya sido. Su profundidad nacía de una intelectualidad lúdica ausente de presunciones, sin poderes que demostrar. Su talento era ni más ni menos el resultado práctico de su magnífico sentido de la belleza. Gracias a sus extaordinarios conocimientos, sabía cómo enaltecer al guijarro más insignificante poniendo en relieve sus insospechados atributos. Manejaba una sapiencia engalanadora de misterios que se servía de otros tanto más sorprendentes. Mi maestro era sabio y humilde. Podía, sin embargo, encolerizarse con la ignorancia cuando es injusta. No podría decir que el Rvdo. Ogli estimaba a todos con el mismo afecto -con algunos hacía verdadero esfuerzo- pero era capaz de entregar su vida si esta valía la fraternidad universal.

Ogli-s-Oöp cultivaba su celebrada autenticidad, ajustándose a ella como si en eso radicara el honor de una vida. Aparte de la sabiduría propia de un monje szabeo, era poseedor de una gran universalidad. Leía el artesio y el grezco casi con tanta soltura como su propia lengua lo que le permitía el acceso a fuentes restringidas para el común de los estudiosos. A diferencia de estos, concedía poca importancia a tales méritos.  Cuando nada le urgía un juicio o una acción era espontáneo y alegre. Pero solía abstraerse durante horas para concentrarse en la interpretación de los sueños y meditar en la geometría multidimensional. Creía encontrar en el hiperespacio, atisbos de divinidad.

Como pensador, Ogli-s-Oöp difícilmente puede ser considerado sencillo y menos aún popular. Esto se debe tanto a la complejidad que alcanzó la resolución de sus tesis como por la contada clientela de sus ideas, sobretodo de sus métodos. La dificultad radica en el esfuerzo necesario para racionalizar los misterios. Es improbable también que la simpatía del Rvdo. Ogli se deba a la difusión de sus teorías; al contrario, éstas sólo están -por ahora- al alcance de especialistas. Incluso hoy en día sus libros se difunden con pereza. Por esta razón, he tratado en lo posible de domestizar sus reflexiones -desacralizadamente a veces- procurando transmitir sus ideas de la misma manera en que me fueron compartidas cuando joven. La idea de esclarecer sus teorías, de volverlas accesibles, fue originalmente del propio Ogli-s-Oöp. Pero, sus actividades pacifistas nunca le obsequiaron el tiempo suficiente y su propósito se volvió impracticable.

Ya se había percatado por sí mismo de la enunciación imprecisa de sus conceptos y de las dificultades teóricas que impermeabilizan el tema; él se lamentaba por eso. Como si esto fuera poco, el rechazo de Ogli-s-Oöp a las conclusiones dogmáticas inhibió cualquier enunciación de un cuerpo doctrinal, lo que ha contribuido a la desorientación de aquellos que necesitan un sendero marcado. Ogli-s-Oöp conocía muy bien la intransigencia de las mentalidades áridas y se cuidaba de reseacar la suya. Por eso, se mantuvo en una actitud abierta y se abstuvo de formular leyes y se esforzó por combatir sus propios prejuicios. Esta duda permanente no obedecía a una voluntad pusilánime sino a la dinamica de una gran honestidad. Algunos, acostumbrados a la seguridad con que el intolerante ignora la posibilidad de otras verdades -y las verdades mismas-, creyeron ver en el monje szabeo la personalidad de un enclenque. Probablemente, Ogli-s-Oöp hubiera considerado ésta como una posibilidad indescartable. ¡Así era mi maestro!

Creo necesario apuntar algunos comentarios finales. Si bien muchos tendrán volcada su curiosidad sobre la total existencia de Ogli-s-Oöp, debo aclarar que este relato dará cuenta sólo de una parte de aquella; en particular, la que él ocupó en desvelar el más extraordinario misterio que lo llevó a la relevancia mundial. Habrá otros interesados que tendrán enfocada su curiosidad justamente en eso.  Lo que pasó después de nuestro retorno al ámbito secular y cotidiano pertenece a la esfera pública. A mí me corresponde dar a conocer aquello sobre lo cual yo y nadie más que yo puede testificar. Los hechos aquí narrados son verídicos en toda su integridad.

No obstante, reconozco que mis explicaciones científicas o históricas podrían ser susceptibles de reparo. Los mismos asuntos vistos por ojos mejor entendidos podrían rectificarlas y promover una más apropiada versión.  Inconexamente, algo se supo acerca de nuestro viaje por boca del propio Ogli-s-Oöp  en las contadas veces en que hizo alusión a éste de forma anecdótica. Estas referencias fueron bastante puntuales y, sin quererlo, dejaron en la conciencia general una crónica fragmentada de lo que sucedió. Lamentablemente, se ha tratado de completar el faltante en base a conjeturas de origen apócrifo con las cuales, por más que se ha ocupado toda fantasía, tan sólo se ha alcanzado adaptaciones remotas. Espero que con este relato quede todo aclarado.

 He escrito estas páginas tal como las viví, en el mismo orden con el que se presentaron los hechos y los asombros. Con esto pretendo hacer posible una aproximación al proceso que yo experimenté en mi irrecuperable adolescencia, sin necesidad de exponerse a los peligros que enfrentaron maestro y doctrino en la más reveladora y magnífica entre todas las aventuras que se han fraguado sobre o bajo la superficie de Ghesta.

 

Rvdo. Ad-d-Tuar

Monasterio de Kien

Año III del Gilar.